Seleccionar página

Únicamente mía

Únicamente mía

Solo los que tenemos hermanos mayores sabemos que nuestra historia en la infancia y en la adolescencia es transitar con objetos heredados, nada es nuevo, todo es usado. Desde la ropa, los juguetes, hasta los libros escolares, todo pasa por las manos de nuestros hermanos primero, antes de llegar a las nuestras. Los juguetes marcados, la ropa desgastada o grande y los libros con anotaciones de años anteriores, se convierten en parte de nuestra cotidianidad. Nada es completamente nuevo, y todo lleva consigo historias y recuerdos de quienes las usaron antes.

Como hermana menor de tres mujeres, en tercer año de mi escuela secundaria, herede la calculadora (imagen I) de mi hermana del medio que a su vez la heredo de mi hermana mayor. Funcionaba, era una herramienta sencilla, pero no resolvía logaritmos, funciones trigonométricas ni fracciones, todo ello había que buscarlo en un pequeño libro, con infinitas tablas de valores que ofrecían soluciones. Era básica, y con sus teclas visiblemente gastadas, se convirtió en un puente que comenzó a despertar mi interés por la matemática.

unicamente mia 1

Imagen 1

Al comenzar la universidad, me enfrenté con un desafío mayor. Las simples operaciones matemáticas de la escuela secundaria ya no eran suficientes. La mayoría de mis compañeros eran técnicos, manejaban los contenidos propios de la ingeniería de otra manera, tenían calculadoras mucho más sofisticadas. Entonces, tener una calculadora graficadora se volvió una necesidad, un dispositivo que para mí representaba no solo un salto tecnológico, sino también un símbolo de progreso.

Después de ahorrar por un tiempo y con mucho esfuerzo pude comprarme mi primera calculadora graficadora (Imagen III), con su funda de cuero. Recuerdo exactamente donde la compré, en la esquina enfrente a la facultad, estaba en la vidriera, cada vez que podía pasaba a verla. Había muchas, algunas mucho más avanzadas, pero era lo mejor dentro de lo que me alcanzaba.

Me llevó tiempo entenderla, leía su manual a diario, había tantas funciones nuevas que no podía o no sabía aprovecharla al máximo. Tenía compañeros que sabían mucho más, me ayudaban, recuerdo que uno, una vez la programó para que pudiera resolver la fórmula resolvente únicamente cargando unos valores.

Como indica Cabello, la apropiación tecnológica no es un mero proceso de adaptación, sino una auténtica transformación cultural, y así fue para mí. La transición de una simple calculadora a una calculadora graficadora no se trató solo del uso de un nuevo dispositivo, sino de un cambio profundo en mi forma de entender y enfrentar los problemas en matemática. Como indica Avellaneda, parece haber una percepción de que la dimensión educativa se impone completamente sobre el objeto, sin reconocer que el artefacto es, además, un producto cultural. A diferencia de la percepción común de que los dispositivos educativos son meramente herramientas impuestas, para mí, esta calculadora era mucho más que eso.

Además, al reflexionar sobre mi propia experiencia tecnológica, no puedo dejar de mencionar parte de las ideas presentadas por Avellaneda donde subraya la importancia de los artefactos tecnológicos como mediadores del conocimiento. En mi caso, la calculadora graficadora no fue solo una herramienta, sino un objeto que medió aprendizaje, ampliando mis horizontes y permitiéndome explorar nuevas áreas que antes no me eran posibles.

Es importante reconocer que tener una calculadora, por avanzada que sea, no garantiza el aprendizaje ni el éxito en las materias, ese es un capítulo aparte. Pero claro que no hacía magia, claro que había que saber usarla para que resolviera sin errores, claro que tenerla no garantizaba nada y sobre todo no era el último modelo, lo sabía, pero de igual modo me sentía acompañada.

Finalmente, mis caminos se orientaron por otros rumbos, llevando mi atención hacia nuevos intereses y desafíos. Con el paso del tiempo y el avance de la tecnología la calculadora se volvió obsoleta, ya no brillaba como en los primeros días, su pantalla tenía algunas marcas. Muchos podrían decir que ni tenía sentido venderla, su valor comercial era prácticamente nulo.

Pero la sigo conservando porque para mí era valiosa, muy valiosa, como indica Tabakman la clave de la transformación de la cosa en objeto es la portación de pasado. Y vaya que lo tuvo, porque simplemente fue siempre, únicamente mía.

Sobre el Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *